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3 de mayo de 2010

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Vodafone y el egocentrismo anglosajón

16 de noviembre de 2008

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Antonio Meucci, el gran inventor italiano, tuvo una carrera que fue a un mismo tiempo extraordinaria y trágica. Tras emigrar a Nueva York, Meucci continuó sin cesar y con vigor un proyecto que había iniciado en La Habana, Cuba. Se trataba de un invento que más tarde llamó “teletrófono”, y que estaba relacionado con las comunicaciones electrónicas. Antonio Meucci configuró una línea rudimentaria de comunicaciones en su casa de Staten Island que conectaba la planta baja con el primer piso. Más tarde, cuando su esposa comenzó a sufrir una artritis que la impedía moverse, Meucci creó un enlace permanente entre su laboratorio y la habitación de su esposa en la segunda planta de la casa. Habiéndose gastado la mayor parte de los ahorros de su vida para financiar su trabajo, Meucci fue incapaz de comercializar su invento, aunque mostró en público su invención en 1860, y pese a que este fue descrito y publicado en el periódico de Nueva York en lengua italiana.

Antonio Meucci jamás aprendió inglés lo suficientemente bien como para navegar por la intricada comunidad empresarial estadounidense. No fue capaz de lograr los suficientes fondos para pagar los trámites necesarios del proceso de solicitud de patentes, y por ello tuvo que pedir una “reserva” renovable, que durante un año impedía que otra persona presentase cualquier tipo de patente similar. Esta petición fue presentada por primera vez el 28 de diciembre de 1871. Meucci descubrió más tarde que el laboratorio afiliado al Western Union había perdido sus modelos de trabajo, y Meucci, que en ese punto vivía ya de la asistencia pública, fue incapaz de renovar la “reserva” después de 1874.

En marzo de 1876, Alexander Graham Bell, que había realizado experimentos en el mismo laboratorio en el que se almacenó el material de Meucci, obtuvo una patente y recibió desde entonces el crédito de la invención del teléfono. El 13 de enero de 1887, el Gobierno de los Estados Unidos intentó anular la patente conseguida por Bell basándose en evidencias de fraude y distorsión, un caso que la Corte Suprema encontró viable y por el que Bell sufrió prisión preventiva. Meucci murió en 1889, la patente de Bell expiró en 1893, y el caso fue suspendido por dudoso, sin que jamás se determinase quién fue el verdadero inventor del teléfono presentado en la patente de Bell. Finalmente, si Meucci hubiese sido capaz de pagar la tasa de 10$ para mantener la “reserva” después de 1874, la ley no le podría haber asignado a Bell ninguna patente.

(The history of the Telephone)

Aún calentamos agua y quemamos fósiles

11 de agosto de 2008

O sea, que seguimos igual que al principio.
Ahora que recuerdo, hace tres días que han empezado las pruebas del LHC.

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